En el Dolor & la Muerte

Por: Magdielys Leira



 

“Tú nos creaste para ser eternos (Eclesiastés 3:11), no era la muerte física lo que llamaste “bueno”, no era el dolor, la desesperanza, la soledad, lo que deseaste para nosotros”

Puedo expresar mi vulnerabilidad, este grito que llevo dentro: “¿Por qué Señor?”, ¿Por qué lo permitiste?”. Sé que sabes cuánto duele, sé que sabes cuánto me hiere la realidad, de que ya no estará más, de que ahora debo desaprender que su presencia un día estuvo, que yo podía besar sus mejillas y que podía sonreírle y ver una sonrisa de vuelta. Sé que lo sabes Señor…

En este momento, sé que tu abrazo me haría bien, pero ni siquiera eso puedo hacer… pero sé que lo sabes, de cuánto te deseo en este momento… ahora es cuando más fuerte deseo aferrarme a ti, perderme en tu presencia y olvidar que esto duele, que la vida sigue en ti, que en ti hay esperanza, que tú eres la roca inconmovible. Te anhelo… llorar hasta que se derrame mi dolor, ¿a qué refugio correré?,… ¿a qué torre puedo ir?,… ¿a qué lugar más alto puedo ir y acercarme con este corazón quebrantado?… a ti te he conocido y sé que en todo esto, tú siempre permaneces, tú eres mi refugio (Salmo 62:8)

En ti la muerte es vencida (1 Corintios 15:54), sí, eso lo sé, que alguien venció la muerte, que ahora ya jamás estaremos separados de ti, y que tú nos darás un cuerpo nuevo, pero Señor, esto me duele, la ausencia es fuerte. Pero recuerdo que así como ahora estás en cuerpo ausente Jesús, sigues vivo sentado a la diestra de Dios Padre, esa es mi señal, de que así estará mi ser amado, ausente en cuerpo, pero en vida junto a ti. Entiendo que tú no te fuiste y nos dejaste solos, tú nos diste tu Espíritu Santo, el consolador (Juan 14:26), y así, aunque mi ser amado no esté en cuerpo, tu presencia adentro será mi mejor compañía y lo que me asegura que en ésta vida pasajera, puedo confiar que hay vida, vida que me hace sonreír en constante esperanza, en constante consuelo. Y aún cuando me toque a mí presenciar la muerte física pueda decir como Esteban: He aquí, veo los cielos abiertos, y a Jesús, el Hijo del Hombre, a la diestra de Dios. (Hechos 7:56), entender que allí estarás, esperando por mí, de pie, para abrazarme…

Mi corazón en llanto lo entiende, entiende que en ti hay vida, que no existe muerte en ti, y que es mejor la muerte que la vida, así como dijo Salomón: Y consideré más felices a los que ya han muerto que a los que aún viven, aunque en mejor situación están los que aún no han nacido, los que no han visto aún la maldad que se comete en esta vida. (Eclesiastés 4)

Es que precisamente ésta no es la vida que deseaste, y por eso en Jesús, nos devolviste la eternidad, te lo agradezco, que pueda celebrar más bien, hoy la muerte, y la vida que hay detrás de ella, para aquellos que han creído en el camino, la verdad, y la vida, porque todo lo que acontece debajo del sol, es hiriente, es doloroso; hay violencias, enfermedades, y tantas cosas. Creo que voy entendiendo lo que significa que nos hayas dado un salvador, el salvador de las almas, el regenerador de nuestros cuerpos, el hacedor de la salud y le bienestar.

Pero Señor, ¿por qué duele tanto?… devuélveme por favor el gozo de seguir, de despedirme entendiendo que más bien, mi ser amado está aún mejor que yo, y que pronto le podré alcanzar, que mientras yo aún viva, mi compañía primera está en ti, que puedo abrazarte y abrazarle con mi alma… y que el Consolador sobijará mi corazón todos los días…

La verdad es que, no quiero despedirme, no quiero llorar por esto, pero ayúdame Señor, a bailar y danzar porque alguien ahora está en la verdadera vida, la vida que deseaste, una vida sin dolor, enfermedad y llanto. Enjuga mis lágrimas… hazlo ahora. Aunque sé que todo esto ya no será más, tú lo prometiste (Apocalipsis 21:4), aún así, abrázame ahora Jesús, déjame plantar tu paz aquí en este lugar, en mi corazón. Que nunca de mi boca salga contención contra ti, sino que en este valle de sombra y muerte, te experimente a ti, que tu vara y tu callado, me infundan aliento, tú estarás conmigo… lo sé. (Salmos 23)

Te necesito Señor, ayúdame hoy. Confío en ti.



 

Himno Alcancé Salvación (Estoy bien con mi Dios)

Horacio Spafford 

De paz inundada mi senda ya esté
O cúbrala un mar de aflicción,
Mi suerte cualquiera que sea, diré:
Alcancé, alcancé, salvación.

 CORO 

Alcancé, salvación
Alcancé, alcancé, salvación.

Ya venga la prueba o me tiente Satán,
No amengua mi fe ni mi amor;
Pues Cristo comprende mis luchas, mi afán
Y su sangre obrará en mi favor.

Feliz yo me siento al saber que Jesús,
Libróme de yugo opresor,
Quitó mi pecado, clavólo en la cruz,
Gloria demos al buen Salvador.
 

La fe tornaráse en gran realidad
Al irse la niebla veloz,
Desciende Jesús con su gran Majestad,
¡Aleluya! Estoy bien con mi Dios.
 

Horacio Spafford, escribió este himno, en un tiempo de su vida, cuando perdió a su hijo primero, y años después a sus 4 hijas, y perdió aún muchas cosas materiales, en el gran incendio de Chicago, años antes.

Este himno es uno de mis favoritos. Nacen de un corazón del que uno espera palabras de lamento, y sin embargo, este hombre escribe éste himno aún en medio del dolor.

Es mi oración que haya nueva canción en tu corazón, aún cuando parece que no hay esperanza. Estoy contigo en este proceso.

 

Con mucho amor,

  • Magdielys

 



Son varios los libros bíblicos que ayudan en momentos tan dolorosos

Jorge Luis Zarazúa | Jul 29, 2015

Cuando fallece un ser querido, queda en nosotros un sentimiento de soledad y desconcierto. Al pensar que algún día vamos a experimentar la muerte, también nos llenamos de desasosiego. Muchas preguntas vienen a nuestra mente: ¿Qué pasa con los que mueren? ¿Acaba todo con la muerte? ¿Hay algo nuestro que sobreviva a este desenlace tan dramático? ¿Volveremos a reunirnos con los seres que amamos? ¿Qué relación podemos tener con aquellos que están ausentes físicamente porque han fallecido?
Pues bien, la Biblia, que contiene la Palabra de Dios, nos da respuestas esperanzadoras:

 “No todo acaba con la muerte física”

Perece nuestro cuerpo, pero nuestra alma, nuestro espíritu, no deja de existir, pues es inmortal.

El Eclesiastés nos introduce en este misterio, invitándonos a tener en cuenta “al Creador en los días de la juventud” (Ecl 12, 1), “antes de que regrese el polvo a la tierra de donde vino, y el espíritu regrese a Dios, que lo dio” (Ecl 12, 7).


El autor del libro bíblico de la Sabiduría responde al pesimismo de quienes piensan que “vinimos al mundo por obra del azar, y después será como si no hubiéramos existido” (Sb 2, 2a) y a la desesperanza de los que afirman que cuando se apaga la vida, “el cuerpo se convierte en ceniza, y el espíritu se esfuma como aire inconsistente” (Sb 2, 3), recordándonos que “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser” (Sb 2, 23) y dándonos a conocer que “las almas de los justos están en las manos de Dios y ningún tormento las alcanzará” (Sb 3, 1a).

Continúa diciéndonos el autor sagrado:
“Los necios piensan que los justos están muertos, su final les parece una desgracia, y su salida de entre nosotros, un desastre; pero ellos están en paz” (Sb 3, 2-3).

Esto está en plena armonía con lo que nos enseña Jesús en el Nuevo Testamento, cuando nos cuenta la parábola del hombre rico y Lázaro, el pobre (Lc 16, 19-30): “Un día el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lc 16, 22). De Lázaro, Abraham, nuestro padre en la fe, nos dice que “él está aquí consolado” (Lc 16, 25c).

Resulta muy estimulante la manera en que concluyó la vida de Esteban, el primer mártir cristiano:

“Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así: -Señor Jesús, recibe mi espíritu. Luego cayó de rodillas y gritó con voz fuerte: -Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y dicho esto, murió (Hch 7, 59-60).”

Esto armoniza perfectamente con estas palabras del libro del Apocalipsis:
“Cuando el Cordero rompió el quinto sello, vi debajo del altar, con vida, a los degollados por anunciar la palabra de Dios y por haber dado el testimonio debido (Ap 6, 9).”
Estos mártires, aunque han muerto por su fidelidad a Cristo, aunque han sido degollados, están debajo del altar, vivos, como bien lo dice el texto sagrado. Por eso, dialogando con los saduceos, Jesús puede afirmar que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él” (Lc 20, 38).
Como podemos notar, nuestros familiares y amigos difuntos continúan relacionándose con Dios. Por eso, de ninguna manera resultan extrañas estas palabras de san Pablo:

“Porque para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Pero si seguir viviendo en este mundo va a permitir un trabajo provechoso, no sabría qué elegir. Me siento presionado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor (Flp 1, 21-23).”


Esto está en armonía con las palabras que dijo Jesús a uno de los malhechores crucificados junto a él:
“Jesús le dijo: -Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43).”

“La muerte física es transitoria: ¡Resucitaremos!”

La muerte física es dolorosa. Nuestro Señor lloró ante la muerte física de su amigo Lázaro (Jn 11, 35-36), a quien amaba entrañablemente (Jn 11, 36). Pero ante el drama que supone la muerte de un ser querido, Jesús se nos presenta como la resurrección y la vida (Jn 11, 1-44):

“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá. ¿Crees esto? (Jn 11, 25-26).”

 Por eso no hay lugar para una tristeza sin esperanza:

 “No queremos, hermanos, que permanezcan ignorantes acerca de los que ya han muerto, para que no se entristezcan como los que no tienen esperanza. Nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, y que, por tanto, Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús (1Tes 4, 13-14).”


De ahí la importancia de congregarnos y conmemorar la muerte y resurrección de Cristo, ó la santa cena, donde escuchamos la Palabra de Dios y nos alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues esto nos permite estar unidos íntimamente a Jesús y nos posibilita nuestra futura resurrección:


“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que me envió posee la vida y yo vivo por él, así también, el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 54-57).”

 

A modo de conclusión:

Estas respuestas esperanzadoras que nos da la Palabra de Dios, deben proporcionarnos consuelo y fortaleza en los momentos de duelo por el fallecimiento de un ser querido y serenidad y confianza ante la perspectiva de nuestro propio fallecimiento.

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