LÁGRIMAS EN LA UNIVERSIDAD

Una experiencia en la Universidad de Panamá.

Ese día nos decidimos a evangelizar, la idea era hablarles a varias personas esa tarde, quizá abarcar a 7 ó más en dos horas.

Caminé preparando mi corazón para sostener conversaciones con varios, hablarles de Jesús e invitarlos a los grupos de estudio bíblico semanales. Sin embargo, no fue así.

Ella lloraba en una esquina del pasillo hacia la Facultad de Medicina, allí estaba, sola, esperando el anochecer y chateando por el celular. Mis compañeras de milicia se acercaron a ella: Hola chica, ¿tienes tiempo ahorita?. Entre lágrimas respondió que no y nos regaló una sonrisa sinuosa.

Oh, está bien, gracias chica, respondieron mis compañeras. Yo me detuve, miré a aquella estudiante y luego a mis compañeras, ¿vienes Magdy?, ellas querían seguir a ver si encontraban a alguien más con tiempo para hablarles de Jesús, pero yo no podía seguir.

Dije, bueno, ustedes pueden seguir, yo me quedaré a hablar un poco más con ella, señalando a la estudiante. Ohh está bien, si en caso tal terminas antes de las 6, nos encuentras allá arriba, cerca de arquitectura, dijo una de ellas.

Ellas prosiguieron, la tarde iba avanzando y yo sabía que no podía pasar de largo a aquella estudiante.

Me presenté con una gran sonrisa, me senté a su lado y le dije que mis compañeras y yo estábamos sencillamente acercándonos a los estudiantes para hablarles de Jesús, le dije que yo era parte de un grupo cristiano en la Universidad. La motivé a contarme lo que pasaba, por qué lloraba y le afirmé que sentía que no podía pasarle de largo, que debía hablarle y que podía confiar en mí.

Ella se secaba las lágrimas y miraba el celular, luego me veía a mí y no podía responder. La miré nuevamente y le pregunté si su tristeza tenía que ver con alguna relación sentimental, supuse que tenía que ver con ese tema solo por decir algo y mirándome con aquella sonrisa sinuosa me respondió que sí y  a partir de ahí me contó todo lo que pasaba.

Quedé sorprendida de su historia, al escucharla yo sabía que podía ayudarla. Más allá de un quiebre relacional, ella estaba cruzando por una enfermedad de tipo sexual que le había transmitido a su novio, era curable, pero él al enterarse de que ella lo obtuvo de otra relación pasada, la juzgaba y pensó que ella le había escondido esa realidad. Ella angustiada me contaba que había sido honesta con él y sabía que ella había tenido un mal pasado y que además esa enfermedad era tratable y por ende curable. Sin embargo, ella lloraba porque en ese momento él había preferido terminar la relación.

Estaba herida, perdida, muy triste. Yo no sabía ni por dónde empezar, así que solo le hacía preguntas; ¿Qué edad tienes?, ¿vives con tus padres?, ¿de qué credo provienes?, entre otras preguntas. A medida que conversaba con ella, la iba conociendo más y descubrí que venía de un hogar cristiano, ella conocía de Jesús, estaba viviendo una vida apartada de Dios.

La afirmaba y le decía que si ella había sido honesta con él y que si había hecho lo correcto con él de decir la verdad acerca de su pasado, debía esperar que a él se le pasara el enojo, para conversar más llanamente acerca de su relación de pareja.

Dentro de mí sabía que no podía consentir con su realidad, ella estaba en pecado, lo que estaba haciendo con él no era bueno y estaba lidiando con las consecuencias, pero, ¿cómo se lo decía?, ya estaba muy mal y decirle que lo que hacía estaba mal, la haría sentir peor tal vez.

La conversación duró como 2 horas y en mi corazón oraba. Le conté una historia que yo había vivido en temas emocionales y afectivos, mi historia no era igual, pero yo la comprendía y le dije que todos hemos cruzado por tiempos oscuros, de dolor, desilusión, lejanía del Creador y frustración. Ella me escuchaba atentamente, ya no estaba llorando, solo me oía.

En mi cartera tenía un librito cuyo título era: Una Historia de Amor, de publicaciones Chik. Era un librito que me había regalado un pastor y cuando lo tuve en manos a los días siguientes, le dije a Dios que me permitiera conocer a la persona a quien pudiera darle ese pequeño librito que habla de la historia de amor de Jesús y cómo es que nadie más podrá amarnos como lo hizo él.

Cuando la conversación iba terminando recordé que tenía ese librito en mi cartera y supe de inmediato que ella era la persona a quien yo le daría ese librito.

Antes de dárselo, le conté la historia de Jesús y la Mujer Samaritana, le narré la historia con tanta emoción, porque de hecho es el encuentro de Jesús con una mujer que más ha impactado mi vida como mujer. Le dije que Jesús sabía que aquella mujer tenía mucha sed, de ser amada y aceptada, y que a pesar de que tenía a alguien en su vida y que había tenido a varios hombres en su historia, ella necesitaba conocer a un hombre que podía tocar su corazón, sin tocar su cuerpo, a alguien que podía ser el agua que nunca se agotaría, Jesucristo. Que más allá del afecto de Dios, ella podía recibir de él, la salvación eterna, y que la esperanza de ser correspondida y amada, era para siempre.

Recuerdo que hablaba con tanta alegría y le decía que Jesús la amaba como nadie podía hacerlo, que Dios sabe lo que ella necesita y que había una realidad que ella debía reconocer delante de él, su lejanía y pecado. Le dije que Dios la amaba tanto que no quería verla en esa situación, lidiando con aquella consecuencia, que ella podía retornar y tomar mejores decisiones en Jesús. Le dije que si ella y su novio regresaban debían tomar la decisión correcta de formar un matrimonio si deseaban una vida sexual sana y correcta delante de Dios. Ella reconoció su realidad delante de Dios y estaba de acuerdo en hacer las cosas mejor.

Quisiera poder contar al detalle esta experiencia, pero se harían más de 3 páginas.

Para mí a veces es difícil confrontar y pastorear, pero he visto como Dios a través de su Espíritu Santo ordena los pensamientos para decir lo que es necesario a quien necesita realmente las palabras adecuadas a su situación.

Ya estaba de noche cuando terminamos de hablar, ella me dio su contacto y le dije que podía asistir a nuestras reuniones de estudio bíblico en la Universidad.

Me dijo que se sentía mejor, pero que temía todavía lo que podía pasar, solo pude concluir diciéndole que Dios siempre ha querido lo mejor para ella y que pasara lo que pasara, Dios intervendría a favor de ella y por amor a ella.

Le pregunté si quería que orara y me dijo que sí, también le pregunté si deseaba pedir perdón a Dios y que yo la guiaba, pero apenada prefería que solo orara yo, por ella. Puse mi mano en su espalda, la miré, cerré mis ojos y comencé a orar.

Le entregué el librito sobre la Historia de Amor y terminé diciéndole lo siguiente: Jesús te ama tanto que hoy te recuerda de su amor por ti, vuelve a él y conoce aquello que él quiere darte, que es mejor, y por lo tanto vale la pena nuestra espera. Dios puede sanarte más allá de tu físico, puede restaurar el corazón, el tuyo y el de tu novio.

Me levanté, la abracé y le sonreí.

Aún le pido a Dios que donde sea que esté, pueda estar a sus pies siendo reconfortada y amada por él mismo, quien la creó y la busca con amor eterno.

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¿Cuántos estudiantes heridos hay en la universidad alejados de Dios, con dudas de su fe, con preguntas sin resolver, quebrados, sedientos, enojados, desesperanzados, en prisiones emocionales…?

Hay muchos.

Creo en la Obra de Dios en la Universidad, porque es una etapa de transición clave en la vida de los estudiantes. Dios está obrando en la U, y le doy gracias a Dios por hacerme parte de su plan al guiar  a otros a la luz que es Cristo.

 

 

By: Magdy

 

 

@Melllikhi | Experiencias

 

 

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