El Maestro Silencio.

Nunca había pasado tanto tiempo sentada en este sillón azul, me quedo por horas pensando en muchas cosas, empiezo a imaginar lo que hubiera hecho mejor ó lo que debí haber dicho. Son pensamientos que vienen y van, porque de pronto largos minutos de silencio invaden mi habitación, mi mente, logrando que me quede quieta, mirando a mi ventana y sintiendo la sutil brisa de mi abanico.

Mi relación con el silencio no ha sido buena, lo detestaba. En cuanto sentía que el silencio (ó algo similar, la monotonía) se apoderaba de mi día, buscaba hacer lo que fuera para evitarlo, entre el silencio y yo no había amistad alguna. También creo que mi mente es experta haciendo ruido mientras el exterior sigue estando en pausa total.

No quiero parecer loca y menos en ésta época que no hay pocos, pero debo decir metafóricamente que de alguna forma entré a este terreno baldío, ancho, lejano y silencioso, me he sentido como Alicia en el país de las maravillas ó como un Águila cuando permanece en una cueva por meses mientras muda todo su plumaje, pico, uñas, todo. No tengo dudas de que es doloroso y desesperante, pero sé que se aprende a convivir en ese lugar hasta que ya no eres el mismo ó, quizá el mismo, pero mejor.

Esto es ahora como un escondite para mí, hablo de este estado en el que me encuentro, el sillón es solo ese objeto que sostiene mi cuerpo relajado y hasta mis pensamientos. El silencio del lugar, bueno, no puedo decir que somos los mejores amigos, pero al menos nos estamos llevando mejor. De hecho, últimamente cuando sé que me toparé con él de nuevo, me da cierta alegría, pero a la vez aparece esa común sensación de tristeza.

¿Pero tristeza por qué?, quizá porque estoy conmigo misma, oigo todas mis preguntas sin resolver; los asuntos por terminar de la agenda, los compromisos con la iglesia, con la familia, con el ministerio, escenas del pasado, acusaciones viejas, miedos latentes, consejos que no seguí, expectativas de algunas personas, libros por terminar, ideas que pulir, anhelos frustrados, tantas cosas.

¿Y qué hay de aquella cierta alegría?, bueno es que allí y solo allí soy realmente lo que soy, vulnerable y frágil, no es un silencio sin sentido, me oigo y me conozco, estoy quieta y entonces puedo poner en orden todo ese relajo interno; voces innecesarias, ideas inservibles, recuerdos inoportunos, ruidos molestos. El silencio es un maestro que se sienta con uno hasta que aprendes a pensar lo que es realmente importante, a perseguir lo necesario, a oír con el oído interior la voz más importante: La voz de Dios que clama por ser escuchado.

Y así, sigo descubriendo que este lugar, este estado de silencio, este valle de sombra de muerte, donde parece que la nada rotunda quiere apoderarse de mi época, donde parece que me voy quedando  en la monotonía, no es insípida del todo y va sucediendo una clara sintonía.

Empiezo a contemplar lo que Dios va orquestando, es raro pero creo que empiezo a oír toda una sinfonía. ¡Estoy ansiosa!, tengo la mirada de una nena que sueña en grande, quiero ver lo que él hará, quiero probar el refrigerio abundante que llegará, sí, llegará.

Ah el silencio, ese buen maestro, hace que retumbe con fuerza ésta invitación: Estad quietos, y conoced que yo soy Dios (Salmo 46:10). ¡Estad quietos!, ¡estad quietos!, ay pero que difícil es estarlo; los compromisos, la casa, la universidad, las salidas, los encuentros casuales, los paseos, el quehacer ministerial, las expectativas de la gente, el cumplimiento urgente de ciertas cosas, las redes sociales, los chats emergentes, las fotos, lo que te pondrás mañana, lo que no; esa atrevida joven insaciable llamada rutina, la que te ata y te mantiene ocupado, alejados del sabio silencio, ella, la que te acomoda para que no tengas tiempo pero que a veces su limitada y extraña dadivosidad, te deja unos minutos en quietud, unos minutos, sobras de tiempo que solo te empujan hasta que te quedas dormido y ahí estás, en quietud inconsciente, no oyes, solo duermes.

¡Estad quietos!, solo así puedes conocer quién es Dios, ¿lo puedes oír?, no se comprende algo y mucho más importante, a alguien, a menos que estés en quietud, por fuera y/o por dentro, pero debes estar quieto.

¡Estad quietos!, solo así puedes oírlo, contándote de él.

¡Estad quietos!, hasta que te impresione su ser, que te atrape su particularidad, que te muevan sus virtudes, que te colme con su majestad, que te abrume de amor, que te envuelva en su perfume de piedad, que te inyecte de ternura, que te pegue en su pecho y te arrulle, que te llene de color la vida y hasta el blanco y negro le de protagonismo, que te sature hasta que quedes ebrio de su vino de misericordia, deja que te haga añicos de tanto gozo y te salve todo, hasta que el reposo te deje como un infante que duerme, nada lo despierta, está tranquilo, está completo, está quieto.

Si hay algo que el silencio, ese buen maestro te quiere enseñar, es a estar quieto para conocer a Dios, a contemplarlo como jamás has contemplado a alguien y a partir de eso comenzar a ser más pleno, completo, enteramente saciado.

 

¿Has conocido este maestro?

 

By, Magdy.

Reflexiones | @Melllikhi

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