El mejor de los tratos! (Basado en la Parábola de “Los obreros de la viña” (Mateo 20))

Hacía tanta calor aquella tarde de abril, lo bueno fue que encontré un árbol y me senté en la sombrita para refrescarme. Se hizo las 5 de la tarde y fue entonces cuando este hombre pasó preguntándome: “¿Por qué has estado ahí todo el día sin hacer nada?”

“¡Porque nadie me ha dado trabajo!”, le contesté, y me dijo: “Ve a trabajar a mi terreno.”

Era el dueño de la famosa Hacienda Orbe, muy conocido por su generosidad y buen humor. Así que lo seguí y trabajé por las horas que quedaban del día.

Miré el reloj de mano y para mi sorpresa ya era las 6 de la tarde, no pasaron muchos minutos cuando el dueño de la hacienda gigantesca me pagó por el trabajo realizado en el lugar. Estaba emocionado, pensar que si no fuera por este buen hombre que me vió desocupado,  hubiese pasado otro día más sin empleo, ó sin nada en mis manos.

Así que tomé el dinero que habíamos acordado, y le sonreí mientras me quitaba el sombrero en símbolo de respeto ante él. Él me miró y también me sonrió y tocó mi hombro como señal de afirmación. Cuando me di la vuelta para regresar a casa, se acercaron dos de los trabajadores que habían estado desde muy de mañana en la Hacienda. Sus rostros se veían tensos, y murmuraban entre ellos.

Acercándose al dueño, dijeron: “Los que llegaron a las cinco de la tarde sólo trabajaron una hora, pero usted les pagó a ellos lo mismo que a nosotros, que trabajamos todo el día aguantando el calor. Eso no es justo.”

 Pero el dueño le contestó a uno de ellos: “¡Mira, amigo! Yo no he sido injusto contigo.

Recuerda que los dos acordamos que tú trabajarías por el salario de un día completo.  Toma el dinero que te ganaste, y vete. No es problema tuyo que yo les pague lo mismo a los que vinieron a las cinco.  Yo puedo hacer con mi dinero lo que me parezca. ¿Por qué te da envidia que yo sea bueno con los demás?”

Estaba atónito, perplejo y sorprendido, aquel hombre tuvo tal entereza para mantenerse firme ante el reclamo de aquellos trabajadores, algo de cierto tenían sus palabras, pensé, quizá no es justo que me hayan dado la misma paga de un día, si tan solo trabajé una hora.

Aquellos hombres todavía molestos, se quedaron callados sin saber qué responder, y se retiraron. Yo estaba inmóvil, y con la mirada hacia abajo. No sabía que pensar más que seguir caminando lentamente con el corazón agradecido por tanta generosidad de aquel dueño.

Algunos minutos después, alcanzándome en el camino me dijo: Amigo, nadie llega tarde a trabajar para un plan maravilloso, ni nadie merece ni más ni menos en una obra majestuosa donde todos valen por igual, al final de todo, los últimos terminan siendo los primeros y los primeros los últimos. Cada uno cumple con la labor asignada, por una recompensa justa para todos, me complazco en la igualdad.

 Al final entre risas le dije: Quisiera que todos los gobiernos del mundo fuesen como lo es en su hacienda.

Conozco un gobierno, un gran reino que sí lo es, me dijo, y montado en su caballo se retiró.

Por: Magdielys Leira

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