Hermenéutica ecológica de textos bíblicos.

Haroldo Reimer

 Resumo

El artículo pretende poner en evidencia algunos presupuestos de una hermenéutica ecológica de textos bíblicos, afirmando algunos elementos teóricos centrales dentro de un pensamiento ecológico e indicando algunas perspectivas ecológicas que ya se vienen trabajando en textos bíblicos selectos.

La lectura de la Biblia en América latina y el Caribe vive un colorido de perspectivas. Durante las últimas décadas, ha sido destacada la importancia central de los pobres dentro de este conjunto de textos, tanto como poseedores de derechos divinamente afirmados, cuanto como protagonistas en la interpretación de los propios textos. La percepción de la centralidad de los empobrecidos en los textos bíblicos ha constituido los ojos hermenéuticos en la producción de ricos e importantes trabajos de investigación e interpretación bíblica. Esa riqueza ha sido diversificada en los últimos tiempos por otras perspectivas de análisis y de lectura, destacan los avances de la hermenéutica feminista y el consecuente análisis de género, el uso de referenciales de la antropología para la lectura de textos dentro de una perspectiva étnico-cultural, también otras perspectivas en la interpretación de los textos, incluyendo la hermenéutica ecológica.

Rumbo a una hermenéutica ecológica

Para una hermenéutica ecológica de textos bíblicos hay que hacer un ‘camino mental’ que sitúe al sujeto intérprete dentro de la complejidad mayor del universo creado. El físico F. Capra, uno de los exponentes de este tipo de reflexión, se expresó de la siguiente forma sobre esta nueva realidad y su visión: “La nueva visión de la realidad (…) se basa en la conciencia del estado de interrelación e interdependencia esencial de todos los fenómenos: físicos, biológicos, psicológicos, sociales y culturales. Esta nueva visión trasciende las fronteras actuales disciplinares y conceptuales”. Con ello, se quiere expresar la búsqueda de un pensar y vivir la vida como un todo, como un conjunto de relaciones, como un gran ecosistema, con una constante e incesante inter-retro-relación entre todas las partes, incluyéndose ahí la vivencia de lo Sagrado como un sistema mayor de energías e intercambios simbólicos, teniendo obviamente al ser humano como parte integrante y sujeto reflexivo de este todo mayor. A ese conjunto de prácticas y pensamientos se lo viene llamando como pensamiento ecológico.

En el conjunto de esas reflexiones, un pensamiento ecológico constituye parte de un nuevo paradigma de pensamiento. El concepto paradigma designa toda una constelación de opiniones, valores y métodos, etc., compartidos por los miembros de una sociedad, fundando un sistema disciplinar mediante el cual esta sociedad se orienta a sí misma y organiza el conjunto de sus relaciones. Se trata de una manera organizada, sistemática y corriente de como el ser humano se relaciona consigo mismo y con todo lo que está a su alrededor; se trata de modelos y patrones de apreciación, de explicación y de acción sobre la realidad circundante. En los últimos tiempos, se ha afirmado de forma cada vez más intensa que la humanidad vive actualmente una transición de paradigmas.

Actualmente, aunque el modo dominante de una relación moderna de explotación y opresión continúe presente, se percibe una transición, que está permitiendo una visión de conjunto, y que algunos llaman como “visión holística”, esto es, relativa al todo (hólos proviene del griego y significa “todo/todos”). La visión antropocéntrica está dando lugar a una comprensión de que los humanos son parte de un conjunto mayor; que los humanos somos parte de un todo y no necesariamente el centro, a pesar de que a nosotros nos corresponda una posición privilegiada de responsabilidad y cuidado, en último caso, la tarea y el privilegio de proveer la reflexión crítica sobre el propio lugar de los humanos dentro del todo. Por eso, cualquier reflexión crítica, por más holística que sea, continúa manteniendo cierto grado de antropocentrismo.

En esa línea de pensamiento, el término “ecológico” viene de la palabra ecología. Como originario del griegooikos, ecología tiene que ver con la casa como espacio común de vida. Ecología, pues, es una ciencia que estudia la “casa” en sus diversas formas de organización y manifestación, pudiendo este término tener acepciones distintas: “ecología ambiental”, “ecología social”, “ecología mental”, etc.

En tiempos de globalización se habla cada vez más de “aldea global” o de “casa global”. Con eso se busca entender a todo nuestro planeta tierra, o mejor, a todo el universo como una casa grande. En este amplio espacio, del cual, muchas veces, no conseguimos visualizar la extensión, conviven y deben convivir, cada vez más cercanos, los elementos y seres más distintos de toda la naturaleza y del cosmos. Cada vez más, el destino de esta casa global está relacionado con las acciones y las prácticas de cada habitante. Si en el paradigma moderno se afirma que la tierra es una grandeza para ser dominada y explotada en favor de los seres humanos, dentro de la visión del nuevo paradigma holístico o ecológico se debe decir que la tierra es la casa común de todos los seres vivos y del propio Dios y cada quien tiene responsabilidades de cuidarla.

Repensar y (re)vivir estos conceptos es un gran desafío, que debe ser llevado a cabo por todo un conjunto de ramificaciones transdisciplinares ligadas a la educación ambiental. Las religiones, la fe, la espiritualidad también deben dar su contribución e incluso se puede decir que tienen (todavía) mucho que dar. A mi entender, una de las contribuciones principales de la experiencia religiosa reside en redescubrir los elementos de sabiduría y de espiritualidad en el sentido de la percepción de las multiformes interrelaciones y necesidades de la religión del ser humano con la creación y con el propio Creador. Leer y releer los textos en perspectiva ecológica es una contribución que el movimiento bíblico puede dar al proceso como un todo.

Textos bíblicos en perspectiva ecológica

¡La lectura de la Biblia necesita respirar aire ecuménico! Dentro de una perspectiva de inserción en la llamada posmodernidad, es importante leer y releer los textos como fuente de sabiduría. De cierta forma, algunos sectores de pensamiento de la posmodernidad, sobre todo con un énfasis en la perspectiva holística, se abastecen con elementos de pensamiento premoderno, así, se revalorizan las culturas originarias.

Los textos bíblicos son expresiones de pensamiento premoderno. Sus contextos de vida originarios están marcados por una visión teocéntrica o cosmocéntrica, en los cuales los eventos de la cotidianidad se los ve en conexión directa con la Divinidad, que se entiende como creadora y mantenedora del cosmos. Debemos tener esto presente en la lectura de los textos bíblicos para poder estar mentalmente prevenidos contra las tentaciones fundamentalistas de una transposición directa e inmediata de los textos bíblicos a la realidad actual. Los textos bíblicos deben ser fuentes a partir de las cuales se pude iluminar y abastecer creativamente el pensamiento y las acciones en los tiempos presentes.

Uno de los primeros bloques que necesitan pasar por un prisma ecológico en la lectura son los textos iniciales del Génesis, en los cuales se habla del ser humano en el cosmos o en la creación. Se trata de textos míticos, en los cuales se establecen valores que pretenden ser fundamentales en la comunidad que acepta y vive estos textos. En la óptica comunicativa de estos textos, hay un mensaje fundamental a ser pasado: el mundo es una creación de Dios Yahveh y a partir de las ordenanzas (Torá) de este Dios, la vida alcanza su verdadero sentido. En la lectura de estos textos es importante destacar el lugar adecuado de los humanos dentro de toda la casa de la creación, tomando en serio que el relato no culmina en la creación de los seres humanos, sino en el shabbat de la creación y de Dios (Gn 2,1-3). Las atribuciones de dominio de los humanos en la creación (Gn 1,28) deben relativizarse en favor de una lectura que destaque la tarea de trabajo y cuidado de la creación (Gn 2,15), como también la relación intrínseca entre el ser humano (’adam) con la madre-tierra (’adamah).

Otra tarea es abrir las cortinas y desvelar los nervios y los filamentos de las tradiciones sabáticas, en las cuales se busca desdoblar hacia dentro de lo cotidiano del antiguo Israel de que la vida humana no tiene sentido en la servidumbre del trabajo, sino que el trabajo necesario y gratificante debe ser interrumpido con tiempos de pausa y de descanso. Así como el Dios creador descanso en el séptimo día, los humanos deberían, por imitatio Dei,observar tiempos de descanso. El propio Jesús de Nazaret le dio una dignidad especial a esta tradición, afirmando que el ser humano no fue hecho para el sábado, sino el sábado para el ser humano (Mc 2,27-28). Toda la riqueza ecológico-social de las tradiciones de los años sabáticos (de la tierra, de la liberación de los esclavos y del perdón de las deudas) necesita también ser contemplada. Es interesante observar como el texto de Ex 23,10-11 presenta una interrelación entre los derechos de la tierra, de los pobres y de los animales del campo.

También son interesantes algunos insights ecológicos en el libro del Deuteronomio. En Dt 22,6-7 hay una prosaica prescripción sobre el modo de lidiar con los pájaros y con los niños de las aves. Se recomienda tomar solamente a dos pichones, dejando volar en libertad a la madre pájaro. Aquí ya se expresa algo como un “principio ecológico de la preservación de la fauna para su multiplicación” . Esa ley contrasta con fragmentos de los anales asirios, con reflejos en textos proféticos (Is 10,14), en los cuales el dominador se vanagloria de haber metido las manos en las riquezas de los pueblos como en un nido y no haber dejado volar a nadie hacia la libertad; la ley bíblica constituye, probablemente, una reacción contra el imperialismo asirio y sus consecuencias de devastación social y ambiental. Algo semejante se encuentra en Dt 20,19-20, donde se pone en entredicho el desmantelamiento de árboles fructíferos por las acciones bélicas. La ley más intrigante se encuentra en Dt 23,13-15, con la recomendación de procedimientos de higiene y saneamiento básico en la vida del campamento (y de las ciudades israelitas).

El libro de Job también constituye buen espacio para una lectura ecológica. En este texto hay una disputa de un hombre rico, que se volvió pobre y llevó una vida de pobreza y cenizas. En esta condición marginal, Job realiza toda suerte de discusiones con amigos y cuestionamientos a Dios por su desgracia social. En el fondo se trataba de una disputa por la validez y los límites de la teología de la retribución. En la condición de marginalidad de vida, el cuestionamiento de Job a Dios sobre la capacidad de este de gerenciar el cosmos desencadena una respuesta divina (cap. 38 a 42), en que se desvela toda la complejidad del cosmos y se evidencia que la pregunta por la justicia retributiva ansiada por Job es apenas una parte dentro del complejo espacio de la creación. En la condición de marginalidad social, Job toma conciencia de la relacionalidad no antropocéntrica de la creación divina, y al final, la persona empobrecida, imbuida de nueva conciencia, ve que se le restituyen sus bienes. ¡Un pobre vuelve a vivir en plenitud en la conciencia de una pertenencia a un cosmos mayor y más complejo!

Los Salmos como expresiones humanas multiformes hacen que la existencia de Dios sea un “tesoro inagotable de pensamientos humanos, sentimientos espirituales y hallazgos teológico” , de los cuales se pueden extraer perspectivas ecológicas en el sentido de afirmar el lugar de los humanos en la creación divina, con la tarea de mayordomía y de cuidado frente al Creador.

Esta perspectiva hermenéutico-ecológica se está ejercitando también en textos del Nuevo Testamento. Son reveladores los énfasis en la gratuidad de la vida en la creación de Dios como los gemidos de la creación en el tejido social y político en la dominación del imperio romano.

Dentro de las discusiones sobre Biblia y ecología permanece desafiante el tema del agua. Frente a las tendencias mundiales de privatización de este líquido vital, es saludable escrutar los textos sagrados al respecto y ahí las perspectivas son diversas: agua es garantía de vida en el desierto, símbolo del caos y de la fecundidad de la tierra, señal de nueva vida.

Concluyendo

La Biblia como libro tiene sus intencionalidad en cuanto obra, y la dimensión ecológica no puede constituir su centro. A pesar de ello, como libro de textos fundamentales de las tradiciones judáico-cristianas es importante leer estos con conciencia de “camino mental” que busca resaltar más la dimensión holística y superar las fragmentariedades del vivir.

La perspectiva ecológica debe tener una presencia asegurada en la lectura de la Biblia y buscar siempre una integración entre el grito de los pobres y los gemidos de la creación.

Haroldo Reimer
rua 115-G, n.10
Setor Sul
Goiânia/GO
74085-310
Brasil

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